Hace años fui un gordo compu y, lo que es más, un gordo roguelikes. Antes de que las virtudes del género fueran reclamadas y recicladas por los videojuegos independientes para introducirlas al público masivo en títulos mucho mejores, me sometí por voluntad propia a juegos que suscitaban un justificado "ja qué es esta mierda" de cualquier testigo. A pesar de lo rústico (a veces pedorro) de sus presentaciones gráficas y lo complejo (a veces esotérico) de sus interfaces, mi disfrute siempre fue genuino. Bueno, resulta que la sustancia de lo que disfruto ya se había destilado en un título de Gameboy que ni siquiera salió del mercado japonés y que existe en occidente sólo gracias a una traducción al inglés hecha por fans. Tironeado por las limitaciones técnicas y la naturaleza portátil del sistema que lo alberga, el juego segmenta el progreso de forma incremental en niveles breves y ahorra en la cantidad de contenido accesorio, conservando sólo lo indispensable. En esta economía lo que brilla es el criterio para decidir qué queda adentro. Al final tenemos una gema chiquita y densa, con variedad y tensión, ideal para sesiones de 15 minutos, donde se retiene la sensación de peso en cada decisión eliminando la angustia de la pérdida total en la derrota. A veces de verdad menos es más. ◆ ◆ ◆ ◇ (3/4)