De un debut nadie espera que sea perfecto, pero sí debería ser excitante. Acá se lleva esta idea al extremo, prefigurando y configurando toda la obra posterior de Treasure. Los verbos son los típicos de un juego de acción (correr, saltar, disparar) con escasas adiciones, y la posibilidad de combinar distintas armas aporta variedad. El tono es ligero, sin miedo a escalar el nivel de pavada. La magia está en los niveles, que arrojan sin parar desafíos impredecibles y nos empujan al acto reflejo con una precisión siempre virtuosa pero nunca quirúrgica. Son 7 en total. El segundo y el quinto son de las secuencias de acción más memorables de la historia del medio. Sólo el cuarto (que se estructura en torno a tirar un dado, una acción que choca por lo intermitente) no es una fiesta. De las visuales coloridas y la música hasta el instante perfecto entre que (suspendidos en el aire) sujetamos a un monigote y lo arrojamos contra sus amigos, todo es bombástico, estimulante, excesivo. Los años siguen pasando; todavía ninguno se parece a éste. ◆ ◆ ◆ ◆ (4/4)
#1
de 12