Me remite a esas máquinas de agarrar peluches que parece que lo tienen aferrado y lo sueltan justo antes de que caiga. Todo lo que es meritorio acá se expone con eficiencia en las primeras horas. Sin llegar a inaugurar un género, es diferente a cualquier otro en cuanto a sus mecánicas, fáciles de entender y con un atractivo componente aleatorio. Se muestra cerebral, compuesto con dedicación y amor, ambientado con buen gusto, accesible pero entreverado. Nos recibe con calidez y va apilando misterios fragmentados y matices sobre los sistemas. Mantiene siempre la sensación de progreso mientras recompensa el ingenio y la experimentación a medida que se va complicando. En un momento hasta me hizo levantarme a buscar una libreta y una lapicera. Hacia la mitad, el juego brilla como nunca, y sentí estar frente a una obra trascendente. Hasta que se pincha. Cerca del final el progreso empieza a empantanarse: los enigmas siguen multiplicándose y los desafíos siguen escalando, pero aún teniendo claro cómo resolverlos tenemos que lidiar con la raíz aleatoria del juego, que empieza a jugarle más y más en contra. Esto empieza a hacerse más tedioso y a parecerse más a palos en la rueda donde antes había viento a favor, y la tarea a cumplir echa una sombra cada vez más grande sobre el disfrute. Acá me bajé, y el problema no es que lo haga yo sino que la enorme mayoría le va a pasar lo mismo. ◆ ◆ ◆ ◇ (3/4)