A esta altura una garantía de calidad, la tercera pata de la trilogía inaugurada en Doom (2016) opta por una movida relativamente arrojada (teniendo en cuenta la aversión al riesgo dominante en propuestas de este calibre): se pone pesada. El protagonista es un tanque humano que sacude la tierra en cada salto y que lleva un versátil escudo cuyo uso es esencial. No sé de otro juego que transmita con esta eficacia la sensación de peso, que es penetrante y transformadora, trastocando el ritmo de combate en algo mucho más coreográfico; una antítesis a la propuesta acrobática y vertiginosa de su predecesor, Doom Eternal. Para sorpresa de nadie, el juego que id Software crea en torno a esta propuesta es impecable y generoso en cuanto a niveles, diseño de encuentros y selección de arsenal. También incluidos: una trama que tienen demasiadas ganas de mostrar (no deberían), una banda sonora que no sale de lo esperado (efectiva), segmentos para variedad donde manejamos un dragón (mediocres) y un mecha (malos pero breves). ¿Es un defecto tomar riesgo demasiado calculados, aunque salgamos airosos? Si lo es, es el único que yo puedo encontrarle. ◆ ◆ ◆ ◆ (4/4)
#4
de 12