Antes que nada un videojuego y en segundo lugar japonés. El gran triunfo de los Katamari es ser ser ambas cosas, cabalmente, y saltar por encima los prejuicios asociados a estas palabras. Para quien no sepa: la premisa de estos juegos es rodar una pelota a la cual se le adhiere cualquier cosa que pisemos que sea más pequeña. Mientras más cosas le pegamos más crece, mientras más crece más cosas puede adherir. El ejercicio se encuadra en niveles con metas (de tiempo, de tamaño, de qué objetos pegar) y se procede a escalar de modo exponencial. El objetivo son el caos y el exceso, que se festejan y apuntalan a través de la presentación: la trama es absurda, la presentación colorida, la música es un popurrí ensordecedor, y la estética resultante una marca registrada. No son juegos prolijos ni perfectos y no importa porque con gracia logra un encanto universal para cualquiera que acepte su invitación: rodemos un Katamari. ¿Por qué? Porque es divertido. Ahora bien: este juego en particular es una remaster de la secuela del Katamari original, el que inaugura la fórmula mágica, que apenas lo reitera y la expando sin grandes adiciones. Mucho menos meritorio, sí, pero no menos encantador. ◆ ◆ ◆ ◇ (3/4)