Indy está en misión secreta por el Vaticano durante el fascismo. Recorremos un entorno enorme, ambientado con obsesiva atención al detalle. Se perciben "valores de producción" que nos remiten de inmediato a las películas de la saga, en estética y calidad. Es quizá el primer juego en consolas donde realmente el salto generacional se puede ver. Entonces pasa algo que ilustra mi problema con este juego. Se nos encarga encontrar a un guardia en una excavación fuertemente custodiada; tras infiltrarnos en una oficina hallamos un papel con una pista clara sobre dónde hallarlo. Yo dejo el papel y voy directamente al lugar indicado. No encuentro a nadie. Tras un rato de frustración descubro la causa: he leído la nota pero no la he guardado en mi inventario. Hacerlo dispara una cinemática y, recién luego de ella, se puede efectivamente encontrar al guardia en su lugae. Estos momentos donde se ven los hilos del muñeco, o donde el libre albedrío nos permite la pavada (podemos hacer a Indy revolear piñas para todos lados en una biblioteca llena de religiosos leyendo), rompen la inmersión de forma más violenta precisamente porque la ilusión nunca fue tan perfecta. Pero estos sinsabores no alcanzan a empañar toda la experiencia, y la impresión final es que soy yo quien se está quedando afuera: los puzzles son entretenidos, el combate correcto, el ritmo general virtuoso. Hasta comparto su mensaje político, expresado con seguridad plena y nula sutileza (como a mí me gusta). Que lo disfrute quien pueda, entonces. ◆ ◆ ◆ ◇ (3/4)